Recuerdo la noche en que mi amigo y yo cruzamos la línea de lo prohibido. La cerveza corría libre, la música resonaba en nuestras venas y el deseo crecía con cada mirada furtiva. Sin palabras, nos acercamos, nuestras bocas buscando una conexión que ya no era secreta. Su lengua en mi boca, su mano en mi ingle, el mundo se redujo a ese instante. Sexo casero, pero no tan casual. Un amigo, un vecino, alguien que había visto mi día a día, ahora me estaba despojando de mi inhibición. El éxtasis de ese momento nos unió, y en ese instante, la amistad se convirtió en algo más.



