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Soy tu sumiso hazme lo que quieras con tu gran verga negra

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Recuerdo la primera vez que me dije a mí mismo: «Soy tu sumiso, hazme lo que quieras con tu verga negra«. Fue una noche de verano, en un club gay oscuro y apestoso, donde la música lateaba y la humedad era palpable. Me había acercado a un hombre alto y moreno, con un cuerpo atlético y una sonrisa enigmática.

Me miró con intensidad, como si pudiera leer mis pensamientos, y yo me sentí atraído por su verga gruesa visible a través de sus pantalones ajustados. Me sentí débil y sumiso, listo para someterme a sus deseos.

«Quiero que me beses», me dijo, y sin dudarlo, me acerqué a él y le di un beso profundo y húmedo. Sentí su lengua en mi boca, su sabor a whisky y su deseo intenso. Me sentí en contacto con él, con su cuerpo, con su alma.

«Quiero que me hagas sexo», me dijo, y sin pensar, me arrodillé y le sujete su verga negra con ambas manos. La sentí dura y firme en mis manos, y me sentí atraído por su potencia y su vigor.

Me pidió que la metiera en su culo, y sin dudarlo, la introduje lentamente, sintiendo su esfínter estrecho y su calor. Me sentí en un clímax de placer, sintiendo su deseo mutuo y su pasión desatada.

Recuerdo que jadeaba y gemía, sintiendo la tensión sexual que nos unía. Fue una experiencia íntima y profunda, una conexión física y emocional que nunca olvidaré.

Y en ese momento, supe que estaba listo para someterme a sus deseos, para ser su sumiso y su amante. Y él supo que estaba listo para darme todo el placer que me diera.

La experiencia fue intensa y liberadora, y nunca me olvidaré de esa noche en el club gay, donde me di a mí mismo a un hombre que me deseaba.

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