Me acuerdo de un encuentro con un joven pollón que me dejó sin aliento. Su cuerpo atlético y su sonrisa segura me atraían desde el principio.
Atracción irresistible, pensé para mí mismo mientras lo observaba a través de la habitación.
Decidimos hacer un selfie juntos, y mientras nos acercábamos, noté la tensión sexual en el aire. Él me miraba a los ojos, y yo podía sentir su deseo.
Le pedí que se acercara más, y él se inclinó hacia mí, sus labios rozando los míos en un beso profundo y sensual.
Me fui hacia él, y con una mano en su cabello, le dije que se sentara en la cama. Él se sentó, y yo me puse a cuatro patas entre sus piernas.
La verga gruesa que tenía en la mano me hizo sentir un aleteo en el estómago. Me la introduje suavemente, y él emitió un gemido de placer.
Mientras me movía arriba y abajo, él me miraba con los ojos cerrados, disfrutando del placer compartido. Noté que estaba a punto de llegar al clímax, y me moví más rápido.
El jadeo que emitió mientras alcanzaba el orgasmo me hizo sentir un golpe de adrenalina. Me levanté, y él me abrazó con fuerza.
El fuego en la cama que habíamos encendido no se apagó durante mucho tiempo después de ese encuentro.



