Recuerdo la primera vez que el chino se puso a cuatro patas en la cama. La habitación se llenó de un aire tenso y expectante, como si el propio espacio estuviera vibrando con la anticipación de lo que estaba a punto de suceder. Sus manos se deslizaron sobre la superficie del sofá, buscando el punto perfecto para comenzar a trabajar su magia. Con un toque suave y habilidoso, empezó a aplicar presión en mi espalda, haciendo que mi cuerpo se relajara lentamente, permitiéndome entregarme a la sensación. Cada movimiento era una obra de arte, cada toque una promesa de placer. Y cuando finalm



