Recuerdo la noche en que mi pareja, un hombre apuesto con un torso imponente, se arrodilló frente a mí, sus ojos brillando con deseo mientras me miraba fijamente a los ojos. Con una sonrisa seductora, susurró en mi oreja: «Garganta profunda, tragate mis 23 centímetros». Su lengua jugó con mi labio inferior, preparándome para el acto que pronto se avecinaba. Sin perder un instante, tomó mi polla en su mano y comenzó a moverla suavemente hacia su boca. El aire se cargó de expectación mientras él me miraba con una mirada desesperada, sus labios abriéndose de par en par para que yo pudiera metérsela




