En la sala de armas, el ambiente está cargado de tensión. Los militares, vestidos con uniformes de combate, se miran fijamente. El sargento, con su cabello cortado a cepillo y su torso musculoso, se acerca a su compañero de equipo, un joven soldado con ojos brillantes y una sonrisa tímida. Se quedan uno frente a otro, sin decir palabra, pero la conexión es eléctrica. El sargento extiende la mano y la coloca en la cintura del soldado, su pulgar rozando el borde de su ropa interior. El soldado cierra los ojos y deja que su cuerpo se relaje, permitiendo que el sargento lo acerque a él. La


