
Recuerdo la primera vez que lo vi, mi corazón latió con fuerza. Un hombre negro, con un cuerpo esculpido, se movía con gracia en la habitación. Su pene, de 28 centímetros de longitud, se erguía hacia el cielo como un faro, llamando la atención de todos. Me sentí atraído por su confianza y seguridad en su propia piel. Su erección era un letrero que decía: «Estoy aquí, y estoy listo».


