La oscuridad del club se disipó cuando el enano con un cuerpo atlético y un rostro impertinente se acercó a mí. Sus ojos negros brillaban con una mirada hambrienta mientras se acariciaba la polla gruesa y larga, envuelta en una prenda ajustada que apenas la contenía. Me miró con un gesto de provocación y se acercó aún más, su aliento caliente contra mi piel. «Quiero comerme esta polla», susurró, mientras su lengua se deslizaba por mi cuello, y yo sabía que mi noche iba a ser muy larga.


