La cama crujía bajo el peso de su cuerpo, un inmenso iceberg que me empujaba hacia el abismo. Su respiración ronca, un susurro que me hacía cosquillas en la piel. Le miré a los ojos, brillantes y sedientos, mientras su mano grande me apretaba el brazo. Su pecho, una montaña de carne, se movía arriba y abajo con cada respiración. Me incliné hacia él, y su labio superior me rozó la mejilla. Mi polla se endureció al instante, listo para ser devorado por su boca ansiosa.



