La niebla se despejó sobre la montaña, revelando un paisaje inhóspito pero íntimo. Le tomé la mano, y juntos subimos por el sendero estrecho. Su cuerpo se apretó contra el mío, un refugio de calor en el frío matutino. Llegamos a un claro y me detuve, mirándolo a los ojos. Le di un bocado de mi comida, y su lengua rozó la mía mientras lo comía. La emoción creció en su mirada, y yo sentí que mi corazón se desbordaba. En ese instante, todo lo demás se olvidó. Solo quedábamos nosotros, en la montaña, conectados en un momento de pura intimidad.


