Recuerdo aquel verano ardiente en que me dejé llevar por la pasión y la curiosidad. El viejo, con su cuerpo más fuerte que la edad, se acercó a mí en el aparcamiento vacío. Sus ojos brillaban con un deseo que no podía ignorar. Sin mediar palabra, se agachó y su lengua envolvió mi pene duro, haciendo que mi corazón latiera con fuerza. El sonido de mi respiración era el único ruido en el silencio del coche, mientras él me lamía con una intensidad que me dejó sin aliento. Su boca era un abismo de placer, un lugar donde podía perderme sin miedo a nada.



