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El mayordomo le dije que se arrodillara y mamara

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Recuerdo el día en que mi mayordomo, un hombre apuesto y reservado, se convirtió en mi juguete. Me miró con una mezcla de curiosidad y desafío, y le dije lo que todos sabían pero ninguno había dicho: «Se arrodillara y mamara». Su rostro se iluminó con una sonrisa suave y se inclinó hacia mí, dejando que mi mano guiara su boca hacia mi miembro erecto. El calor de su aliento y la suavidad de sus labios me hicieron sentir un placer intenso, como si estuviera viviendo un sueño. En ese momento, todo lo demás desapareció y solo quedamos él y yo, conectados en un momento de pureza y pasi

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