Me encontraba en el bar de un hotel de lujo de Dubái, rodeado de un ambiente exótico y sofisticado. Un hombre atractivo, con una sonrisa encantadora, se me acercó y me pidió que me sentara con él. Era árabe, con un acento seductor y ojos que parecían ver más allá de la superficie. Me preguntó qué era lo que yo hacía allí y, con una mezcla de curiosidad y deseo, me pidió que le mostrara mis servicios. Su mirada me dijo que no era una pregunta inocente, y que estaba dispuesto a pagar por lo que quería. Me sentí un poco incómodo, pero también excitado por la oportunidad.



