Me duele admitirlo, pero a veces me siento como un perro que se come una rata demasiado grande para él. Demasiada caña para mi ano. Eso es lo que me pasa cuando un tipo guapo y bien dotado me tira la casa abajo con su sonrisa y su cuerpo, pero luego no puede controlar su erección y termina siendo un problema más que una solución. A veces, ser gay es como intentar comer un plato de spaghetti con demasiados mechones de pollo: demasiada caña, demasiado problema.


